Del otro lado del mostrador

Trabajadores de farmacia en época de coronavirus

La pandemia llegó a la Argentina y paulatinamente se fue entrometiendo en la vida diaria de todas las provincias. En Chaco son once los casos confirmados lo que motivó un imparable oleaje de gente que se amotinó en farmacias y arrasó con los pocos elementos preventivos que contaban. 

Imagen Ilustrativa.


Nadie preveía una situación de magnitudes tan amplificadas en los comercios como para proponer el abastecimiento ante una pandemia, sin embargo, la imprudencia y la psicosis generada avasalla un montón de derechos, incluso de aquellos que están en igualdad de condiciones. 

Por detrás de todo el entramado problemático entre oferta y demanda, de forma casi invisible a la mayoría, están los trabajadores de farmacias que reciben la catarsis social, las quejas, los reproches y los insultos sobre situaciones de las que ellos no están excentos, porque las enfermedades traspasan los mostradores y no discriminan. 

La trabajadora de una de las mayores cadenas farmacéuticas de Resistencia, expuso esta situación en una conversación telefónica con la Agencia de Noticias FOCO. "Para empezar, no nos cuidan a nosotros", aseveró. 

La joven de 24 años comentó que "no llega mercadería y la gente piensa que tenemos escondidos los productos cuando la realidad es que para ni para nosotros tenemos". Añadió que se pidieron los productos a la droguería "pero no nos mandan". "Se ve que prefieren vender afuera que pagan en dólares", dijo y expuso la situación que viven con los clientes: "No entienden que no tenemos alcohol en gel y que los barbijos están $600". 

"Recién están llegando los productos que pedimos hace dos semanas", precisó y agregó que la suba de precio los excede, y que se ejecutan "por pura orden que nos mandan, por ende, tenemos que acatar".  

Aclara que los precios no se remarcan, pero sí que cuentan con un sistema específico, un poco tirano, que acomoda arbitrariamente los costos: "Tenemos un programa que actualiza los precios cada 2 horas, se hace automáticamente, por eso, por ejemplo, un barbijo que costaba $30 pasó, en una hora, a $100" explica. 

Sin embargo, lejos de su rol laboral, su calidad humana la hace empatizar ante la paranoia. "A pesar de los insultos y demás que recibimos de la gente, personalmente entiendo, porque tengo familia y abuelos. Es obvio que voy a llevar todo lo que sea necesario para que ellos se cuiden", aclara, y añadió "que no hay nada. Los pedidos en droguería están muy atrasados". 

Explicitando aún más su rasgo humano, reseña el sometimiento por el que pasan en su lugar de trabajo ante la necesidad de estabilidad laboral. "Pedimos que nos den guantes, y nos dijeron que no era necesario, que con los guantes nos vamos a tocar la cara, que eso no nos iba a proteger". Dijo que hay chicas embarazadas, personas mayores, "y yo con un cuadro de base, pero venimos igual", a lo que suma que la faltante de alcohol en gel para venta también se le añade la falta para cuidados preventivos del trabajo cotidiano. 

"Nos avisaron que el alcohol en gel no va a llegar, es muy poco probable, sólo líquido", afirmó, e indicó que previo a las medidas decretadas por el gobierno nacional y provincial tampoco se establecían controles de aglomeraciones. "Recién ahora controlan el ingreso, ya no permitimos entrar a mayores de 65 años ni bebés, tenemos horarios puntuales para grupos de riesgo y la cantidad es limitada", comenta. 

Por otro lado, cuenta que la psicosis se ve aumentada todos los días, ejemplificado en el caso de otra reconocida farmacia, sobre la cual cuenta que "le llegaron 300 alcohol líquido por la mañana, y a la siesta ya no tenían más". 

Respecto al trato con los clientes, la premisa de su lugar de trabajo las somete a que "el cliente siempre tiene la razón", y cuenta que "nadie habla, todos queremos conservar el trabajo". 

Su tarea es una odisea cotidiana, el mal trato de la gente se suma a la vulnerabilidad de estar en contacto directo con personas sin las condiciones mínimas de prevención, algo completamente riesgoso en la exposición del virus COVID-19, una pandemia invisible que escala de manera grotesca, no sólo en la salud física, sino también en la salud mental.