¿Y si todo esto no fuera un accidente sino un plan con décadas de vigencia? Lo que hoy parece una sucesión de gobiernos erráticos puede leerse como capítulos de una misma estrategia para reordenar la economía y el poder en Argentina. Desde los cambios productivos hasta las reformas financieras, la trama tiene hilos comunes que explican por qué ciertas decisiones se repiten y se profundizan.
A continuación se despliega un análisis que reconstruye esa continuidad histórica, describe las transformaciones en sectores clave y plantea las condiciones mínimas para articular una alternativa popular coherente.
Un proyecto pensado a largo plazo
La reestructuración capitalista en Argentina no comenzó ayer: tiene raíces en las decisiones tomadas entre 1975 y 1976 y fue ganando impulso sostenido hasta llegar a una aceleración notable desde diciembre de 2023. Más que episodios aislados, las dictaduras y gobiernos posteriores forman parte de una secuencia que fue moldeando un nuevo bloque de poder, con sus instrumentos jurídicos e institucionales adaptados a los intereses de esa transformación.
La instauración del terrorismo de Estado permitió llevar adelante reformas que, en otros contextos políticos, habrían sido imposibles. A partir de entonces, cada administración reaccionaria asumió que debía completar lo que la anterior no había podido terminar: privatizaciones, reformas estatales, apertura financiera y, más recientemente, desregulaciones laborales y económicas.
De la agroexportación al extractivismo global
Durante un siglo (aproximadamente 1880-1975) la dinámica productiva se centró en el complejo agropecuario y en una industria orientada mayoritariamente al mercado interno. En las últimas décadas esa matriz se está reconfigurando para integrar a la Argentina en las cadenas globales de provisión de materias primas estratégicas.

Recursos que marcan la nueva apuesta
– Petróleo y gas
– Cobre
– Litio
– Plata y oro
– Minerales y componentes para tecnologías energéticas
Estos insumos son demandados por una economía global que enfrenta problemas de energía y productividad. El nuevo modelo prioriza la exportación de recursos naturales por sobre la producción industrial orientada al mercado doméstico, consolidando así una inserción subordinada en el mercado mundial.
La financiera como columna vertebral
Desde fines de los años setenta, el sector financiero pasó a ocupar un lugar central en las transformaciones estructurales. La reforma financiera impulsada durante la dictadura —recordada en textos de la época como logro central— promovió la desregulación: menos controles, libertad para fijar tasas y apertura a la entrada de capitales privados y extranjeros.
Esa normativa creó un entorno propicio para la especulación, la expansión de plataformas y fintech, y la generalización de prácticas crediticias onerosas. La privatización y extranjerización del sistema financiero intensificaron la dependencia frente a dinámicas globales de capital, con efectos en el endeudamiento externo y en la vulnerabilidad económica de amplios sectores de la población.

Gobiernos en serie: cómo cada etapa completó la anterior
La dictadura (1976-1983)
Su papel no fue solo represivo: posibilitó condiciones institucionales para reformas económicas profundas que luego serían desarrolladas en democracia.
Menem y las privatizaciones
La década de los noventa resolvió tareas pendientes de la era anterior: venta de empresas públicas, reforma del Estado e integración al paradigma neoliberal que dominaba gran parte del mundo.
Macri y el cambio en la cultura política
Su presidencia marcó un quiebre simbólico en el régimen: por primera vez en mucho tiempo gobernó alguien con un perfil distinto al peronismo o al radicalismo tradicional, reafirmando la posibilidad de alternancias donde el discurso pro-mercado gana terreno.
Milei y la profundización libertaria
La gestión más reciente no solo retoma los ejes de liberalización y desregulación, sino que además los exhibe como logros políticos: reformas laborales, énfasis en la eliminación de controles y afinidad con políticas internacionales afines al ultraliberalismo. Más allá del estilo, la continuidad de los objetivos económicos es clara.
La anti-política como herramienta de legitimación
El discurso de rechazo a la “política tradicional” —que se traduce en abstención o desconfianza ciudadana— no es un fuera de la política: actúa como una modalidad política que facilita la aceptación de reformas impopulares. Presentada como negación del viejo sistema, la anti-política puede ser un vehículo efectivo para consolidar medidas que exigen debilitamiento de la capacidad de contestación social y sindical.
Claves para pensar una respuesta popular
Construir una alternativa no significa regresar a un pasado puntual, sino avanzar en una reorganización popular que transforme descontento en programa. Tres ejes resultan prioritarios:
– Organización de las luchas cotidianas: movilizaciones, sindicatos, movimientos barriales y agrupaciones de base que sostengan la protesta y la acción.
– Articulación programática: convertir demandas dispersas en propuestas coherentes sobre empleo, salarios, servicios públicos, derechos y ambiente.
– Formas políticas de síntesis: estructuras organizativas que permitan transformar la pluralidad de reclamos en una propuesta de poder con capacidad de incidencia institucional.
Además, hay áreas de soberanía que deben aparecer como prioridades claras:
– Soberanía alimentaria
– Soberanía energética
– Soberanía sobre recursos mineros
– Soberanía financiera
Obstáculos que habrá que remontar
El principal freno proviene de quienes se benefician del orden actual: propietarios de los medios de producción, capitales extranjeros y actores financieros que no van a resignar su posición sin resistencia. La batalla es tanto material como simbólica: disputar el “sentido común” que legitima la propiedad privada y la acumulación por sobre el interés colectivo.
Históricamente, consensos provisionales (por ejemplo, la “estabilidad” impuesta en los años de la dictadura o la convertibilidad de los ´90) han sido esenciales para imponer transformaciones estructurales. Recuperar terreno implica ganar mayorías sociales y producir hegemonía cultural que haga viable una reorganización productiva diversa y no subordinada a la lógica pura de la ganancia.
Tres ámbitos operativos para la reconstrucción
Organización y comunicación
– Fortalecer redes territoriales y plataformas comunicacionales que amplifiquen las luchas locales.
– Construir narrativas que disputen el imaginario dominante acerca de la economía y los derechos.
Programas y prioridades
– Revertir privatizaciones estratégicas y recuperar servicios esenciales bajo gestión pública democrática.
– Defender y restituir derechos laborales y sindicales limitados por recientes reformas.
– Plantear marcos de regulación financiera que restrinjan la especulación y protejan a los deudores.
Acción política y alianza social
– Unir demandas sectoriales (salud, educación, género, ambiente) en propuestas políticas que reflejen intereses populares.
– Construir formas de representación que no dependan exclusivamente de los ciclos electorales, pero que puedan incidir en ellos.
Buenos Aires, 25 de agosto de 2026
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Manuel Suárez es un periodista de investigación especializado en política y sociedad argentina. Analiza decisiones gubernamentales y movimientos sociales para ofrecerte una visión clara de los temas nacionales. Su estilo factual te ayuda a comprender el impacto en tu vida diaria.